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El origen del hiperindividualismo moderno y por qué esta actitud e ideología es lo que impide que el mundo pueda transformarse hacia una visión más utópica

En la época moderna -o posmoderna- en la que vivimos, se nos ha convencido de que el individuo independiente, libre y auténtico es la piedra angular de una sociedad igualmente libre y empoderada. Tenemos aún relativamente fresca la imagen de las grandes masas homogéneas controladas como rebaños del nazismo y estalinismo. O antes, de las masas dominadas por la Iglesia, el dogma y la superstición. Esto es justo lo que no queremos; esta diferencia, del mundo actual, en el que somos individuos que piensan por sí mismos, libres de rasgos gregarios y comunales, es lo que debemos proteger, es nuestro máximo logro como humanidad. Y todo lo que atenta contra esto es retrógrado, bárbaro, fanático.

Esta idea del individuo y del individualismo como objetivo existencial es relativamente nueva. El individuo -aunque nos parezca algo evidente: es lo que somos, individuos- se empieza a consolidar a partir del renacimiento y tiene su momento de despunte con la reforma y la ilustración -con las ideas de que el hombre es el centro del universo, de los derechos humanos, de la libertad de autodefinirse y demás-. Antes, la experiencia del ser en el mundo estaba dada con relación a la colectividad: el individuo se difuminaba en colectivos y el significado de su existencia estaba en cosas más grandes que él mismo, para las cuales vivía y en las cuales se disolvía. Pero aunque podemos trazar estos gérmenes de la conformación del individuo, lo que hoy llamamos individualismo -que es en realidad un hiperindividualismo- nació como tal a partir de las décadas de los sesenta y setenta, bajo la supuesta revolución de la contracultura. 

Podemos trazar la evolución del individualismo -o el individuo como eje de la realidad- a partir de la influencia de las ideas de Ayn Rand (especialmente la idea de que el fin de la existencia humana es la búsqueda de la propia felicidad), la noción inspirada por el movimiento de la contracultura (de los hippies) de que la revolución ocurría pero en el interior, solamente en la conciencia o de que se podían crear nuevos mundos pero dentro de la mente (y por lo tanto a lo que había que dedicar tiempo y esfuerzo era a desarrollarnos a nosotros mismos) pasando por la noción de la rebeldía del punk (que sería cooptada por el capitalismo: productos de consumo con los cuales afirmar la protesta y la diferencia) hasta el Internet y las redes sociales en las que lo fundamental es la autoexpresión y la autoedición de nuestras personalidades, dando lugar a lo que también se ha llamado un hipernarcisismo, que es también un utilitarismo egocéntrico. El periodista Adam Curtis, uno de los más lúcidos narradores de los eventos contemporáneos y las ideas que los subyacen, llamó a uno de sus documentales justamente "El siglo del yo" (The Century of the Self), sugiriendo que el siglo XX podía definirse como el siglo en el que el yo, o la preponderancia del individuo, logró consolidarse como la principal ideología de nuestra sociedad. En una reciente entrevista, Curtis explicó qué es el individualismo y por qué impide la conformación de movimientos sociales que produzcan cambios verdaderos:

Las ideas de cambio no encuentran tracción por el surgimiento del individualismo, el cual en nuestra época puede rastrearse a la década de los 70.  [El individualismo es] esta idea de que tú y yo creemos que lo que queremos, pensamos y sentimos es lo verdadero y auténtico y nadie debe de decirnos qué hacer. Es una idea muy poderosa, que domina nuestra sociedad [a la cual contribuyeron] Margaret Thatcher y el punk. El problema es que la política no puede lidiar con esto, porque la política requiere que un partido político te diga "ven conmigo, únete y usaremos ese poder colectivo para cambiar el mundo", pero para hacer esto tienes que aceptar que eres parte de algo, tienes que rendirte a algo más grande. Para los movimientos radicales esto fue un desastre e incluso más para la política, porque los partidos políticos se desvanecieron; no tenían apoyo masivo y por lo tanto, no podían hacer lo que se supone que debían de hacer en una democracia: ser tu representante, tu puente hacia el poder, porque nos habíamos vuelto tan dispersos, tan incapaces de unirnos a la acción colectiva...

Adam Curtis ,en su documental Hypernormalization, cita el caso de Patti Smith quien, en su libro Just Kids, deja claro que los artistas y, en general las personas, están cansadas de marchar y participar en protestas y demás porque eso no logra nada. Pero, en cambio, pueden expresar su fastidio con el sistema de formas creativas, autoexpresándose. El arte se convierte en una serie de puntos de vista radicales, entre más únicos y personales mejor. El problema con esto es que se olvida algo que era evidente antes: "cuando estás en un grupo, puedes ser más poderoso. Puedes cambiar las cosas. Tienes una confianza cuando algo sale mal que no tienes cuando estás solo", dice Curtis. En nuestra era se cree que los individuos tienen el poder; o al menos las celebridades, y si quieres cambiar el mundo: vuélvete rico y famoso. Pero el poder de los individuos, incluso las celebridades, nunca podrá compararse con el de los grupos. El ser humano es un animal social y obtiene significado de los demás y nunca encontrará motivación y respaldo para actuar  de manera consistente sino es dentro de un grupo. Notablemente, también la felicidad de las personas no está en el ejercicio de sus derechos individuales sino en el asumir responsabilidades, en saber que lo que hacen importa. Es por ello que con el individualismo también asistimos a lo que Max Weber veía como un progresivo desencantamiento, consecuencia del capitalismo. Algo que se constata con el aumento exponencial de la ansiedad y la depresión en los últimos años a nivel global.

A menudo se cree que el individualismo fue un producto o efecto colateral del marketing capitalista, pero Curtis sugiere algo más sutil: el marketing -amoral como es- simplemente se aprovechó de una actitud que despuntaba entre la sociedad y con ello, por supuesto, radicalizó el individualismo. La oportunidad estaba dada: las personas, siguiendo la euforia del libre albedrío, de ser individuos, querían autoexpresarse como tales "pero no sabían hacerlo", no todos podían ser artistas, pero todos podían comprar objetos que los diferenciaran y que les dieran un pedazo de identidad. 

En el movimiento hippie se alentaba a las personas a ser auténticas al responder a su yo  -esto era una reacción ante el conformismo, ante el viejo modo de política en el que se te decía qué hacer-. Ahora era "yo quiero hacer lo que quiero hacer", se trataba de buscar el yo verdadero. 

Es un error creer que importantes cambios sociales -como acabar con la segregación racial en Estados Unidos o los derechos de las mujeres y demás- fueron producidos por la contracultura:

Los cambios verdaderos fueron producidos por el movimiento de los derechos civiles, en el que activistas blancos y negros (muchos de ellos anónimos) en los 50 y 60 pasaron años dando sus vidas en el sur de Estados Unidos, a veces literalmente... De aquí surgió lo que se llamó la nueva izquierda, pero este movimiento se detuvo en los sesenta cuando surgió la contracultura, porque la contracultura empezó con el mensaje de que "nunca vas a acabar con el Hombre [the Man, el poder fáctico], no tienes el poder", por lo que la forma de hacerlo era cambiarte a ti mismo. Fue el surgimiento de un nuevo hiperindividulismo... ya no se trataba de ir al sur y de entregarse ahí en el anonimato, se trababa de la vanguardia de cambiarse a sí mismo, y de allí se transformaría el mundo -lo cual dejaba de lado a la política y creaba movimientos de psicoterapia radicales-...

Este es el momento donde entra el marketing capitalista, porque: 

si vas a ser un individuo autoexpresivo -la meta misma de la existencia- ¿cómo haces esto? Porque no muchos sabían cómo o tenían la confianza para hacerlo. Yo argumento que el capitalismo consumista moderno entró y dijo "Nosotros podemos ayudarte a hacer esto. Te podemos proveer con múltiples cosas para que puedas expresarte, gamas de ropas, coches, todo tipo de productos con los que podrías expresa tu identidad individual". Lo cual fue fantástico para el capitalismo porque podían ahora diversificarse y hacer muchos otros productos.

Surge entonces la directriz detrás del consumismo: productos para hacerte diferente, para verte especial, para que puedas expresarte y ser eso que eres que te hace único. El individuo moderno ya no quiere pertenecer a una masa social que le dé sentido y seguridad -religión, Estado, etc.- quiere distinguirse, separarse y cosechar los beneficios de ser único y especial. Lo cool es ser rebelde, ser diferente, no ser parte de nada. Claro que esta autenticidad individualista es casi siempre una fantasía. Al querer ser únicos y especiales, nos volvemos igual que los demás: solitarios en nuestras trincheras, observadores de un pobre espectáculo que en algunas pocas ocasiones logra conmovernos lo suficiente para que firmemos una petición o salgamos a una marcha. Generalmente, sólo miramos la procesión de noticias de terror y escándalo con una mezcla de ansiedad, ironía, indiferencia, enojo e impotencia. Todos tenemos una opinión y creemos que nuestra opinión es única y muy valiosa. Octavio Paz entendió esto bien:

Las sociedades modernas me repelen por partida doble. Por una parte, han convertido a los hombres -una especie en la que cada individuo, según todas las filosofías y religiones, es un ser único- en una masa homogénea; los modernos parecen todos salidos de una fábrica y no de una matriz. Por otra, han hecho un solitario de cada uno de esos seres. Las democracias capitalistas no han creado la igualdad sino la uniformidad y  han substituido la fraternidad por la lucha permanente entre los individuos... Se creía que a medida que se ampliase la esfera privada y el individuo tuviese más tiempo libre para sí, aumentaría el culto a las artes, la lectura y la meditación. Hoy nos damos cuenta que el hombre no sabe qué hacer con su tiempo; se ha convertido en el esclavo de diversiones en general estúpidas y las horas que no dedica al lucro las consagra a un hedonismo fácil.

El mundo moderno ha logrado producir comodidad pero no felicidad en su sentido profundo, esto es, significado y propósito y no mero placer. Max Weber sugirió, hace casi cien años, que entraríamos en la "jaula de hierro de la racionalidad". Un mundo en el que todo estaría bien administrador y controlado, y todo sería eficiente, pero perderíamos el asombro ante lo misterioso y maravilloso. Curtis cree que esto es de lo que carece el mundo y por lo cual buscamos cosas como teorías de la conspiración "para reencantar el mundo, aunque sea de una forma distorsionada". Es por esto también que necesitamos de lo religioso, y es por ello que muchos movimientos radicales fanáticos de derecha galvanizan tan fácil a las personas -porque las personas están hambrientas de sentido, de asumirse dentro de algo más grande que ellas-.

Curtis considera que, en la actualidad, el poder está en los sistemas de manejo o administración, en las grandes redes de información descentralizada, en las finanzas y en los gigantes de Internet. Sugiere que el algoritmo ha logrado lo que los políticos no pueden:

El genio del poder moderno es que hace lo que no logran los políticos, mantener la sensación de individualismo. Las redes sociales hacen que sientas que te expresas y que eres totalmente tú en línea, expresando ideas o quejas o sentimientos y, sin embargo, a la vez sólo eres un componente dentro de un complejo circuito que te está observando y categorizando de tal forma que dice si está haciendo esto, eso significa que es como este grupo que categorizamos aquí, por lo cual podemos decirle a esa persona en el circuito "ya que estás haciendo esto, no te gustaría esto otro" y tú dices "sí, muy buen" -porque es como lo que hiciste antes y te hace sentir seguro dentro de tu individualidad-. Los modernos sistemas de management han logrado aceptar tu individualidad y expresividad, permitirte que sientas que cada vez eres más expresivo y a la vez manejarte callada y felizmente, sin que te des cuenta de que eres parte de un grupo, porque tú eres apenas un componente en el circuito, pero las computadoras sí lo ven y dicen "Ah, como éste hay 300 millones iguales"... Pero no es una conspiración, es un sistema que puede ver en la información que lee de ti y otros los patrones de los que eres parte y decir, "Ok, los colocaremos dentro de esta categoría".

Progresivamente el ser humano empieza a ceder su poder a las máquinas y a los programas informáticos. Se convierte en un componente dentro de un complejo engranaje que maneja el mundo de manera eficiente, que evita el riesgo, que trata de domar o, al menos, hacer que el caos de la realidad pase desapercibido. Al individuo le gustaría que el mundo cambiara, que fuera más justo, libre y equitativo, pero sin tener que entregar su seguridad, sin tener que aventurarse a lo desconocido o a perderse en el anonimato. Quiere cambiar el mundo, pero quiere también el crédito y reconocimiento por haberlo hecho. El punto que no cruza es justamente aquel en donde su identidad empieza a ser seriamente amenazada... Se aferra a la idea de que la libertad es hacer lo que uno quiere. Pero hay otras ideas de libertad. 

Para cuestionar el poder, debes de enfrentarte a él. Para hacer esto, debes adentrarte en grupo al bosque en la noche. Debes de ser poderoso y seguro como grupo. Y debes de hacer algo que creo que muchos artistas modernos y personas en general me parece encuentran muy difícil: entregarte a algo superior a ti. Hay otras ideas que han sido olvidadas de [lo que es la] libertad. Por ejemplo, la idea religiosa de libertad, creo que la frase es "en Su servicio, la libertad perfecta".

Esto es casi inconcebible para el individuo moderno, que la libertad verdadera sea disolverse en algo mayor, entregarse a él, abandonarse a sí mismo, darse por completo, sin buscar beneficio personal. De alguna manera se guía por aquella frase de Milton de "Paradise Lost", la cúspide de la soberbia: "mejor reinar en el infierno que servir en el paraíso". Es quizás esta actitud la que impide que se pueda construir "un paraíso en la tierra".

 

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Como apéndice, es importante mencionar que muchas de las ideas que subyacen a la conformación del individualismo no son meros engaños o desvíos en los que ha caído la humanidad, sino que son parte de una evolución compleja, que a veces opera más en ciclos que como una línea recta. Por supuesto que el desarrollo individual, el autoconocimiento y la búsqueda del yo verdadero son cosas que tocan fibras profundas, casi intemporales, y que rinden también beneficios para el bienestar de una persona y el mundo cuando son llevados a sus últimas consecuencias y no seguidos como nuevas máscaras para el ego. Asimismo, la idea de que si uno cambia, el mundo cambia, es verdad en cierta forma, sin embargo, es el más endeble pensamiento new age pensar que esto es suficiente o que la experiencia de iluminación o conexión que tuve en un momento inusual va derramarse por el mundo, contagiando automáticamente a todos los seres sensibles por algún tipo de campo cuántico o conciencia colectiva. Si bien existen indicios de que puede existir tal cosa como una conciencia colectiva, siguiendo los trabajos de Rupert Sheldrake (resonancia mórfica) y del Global Consciousness Project de la Universidad de Princeton, los efectos de esta transformación colectiva son sumamente débiles en comparación con lo que puede hacer una persona que activamente busca a los otros, se organiza y crea un espacio de convivencia, comunicación y, posiblemente, de acción colectiva. Este fue por supuesto el error de los hippies, quienes tomaron demasiado LSD y fumaron demasiada marihuana y confiaron demasiado en el poder de la buena vibra -una buena vibra que ellos mismos no podían sostener cuando bajaban de sus viajes psicodélicos-. Lo verdaderamente revolucionario obviamente es trasladar el viaje cósmico o místico vivido en el interior al mundo exterior, la experiencia personal en experiencia colectiva. Hacer de una visión: comunión. Este es el verdadero arte, la verdadera labor profética. Pero como Curtis señala, el arte moderno no puede cumplir con su función de desafiar el poder y la realidad establecida, justamente porque está basado en pura autoexpresión, y el mundo mismo actualmente está basado en esa misma autoexpresión. Es por eso que el arte moderno se parece tanto a la publicidad y al capitalismo. Lo que está más allá de la autoexpresión es la rendición, el servicio, la disolución o la destrucción del individuo: hacerse nadie y nada en favor del todo, dejar que corra la energía vital sin exigir copyright

Al hipeindividualismo moderno ha contribuido en gran media a la espiritualidad moderna basada en ideas orientales de la búsqueda interior del yo, del alma o de algo auténtico y único que yace en la profundidad del ser. Estas ideas, si fueran llevadas a su última consecuencia -y no fueran mezcladas con el capitalismo consumista o con el "materialismo espiritual"- llevarían a lo opuesto del individualismo, puesto que, en el fondo de filosofías como el yoga, el vedanta o el budismo, está la noción de que el ser individual con el que nos identificamos es una ilusión y no existe de manera independiente. Lo real, el ser verdadero, la divinidad misma o la verdad -aquello que se busca- es lo que emerge cuando se elimina la ignorancia y la confusión, que es básicamente creer que uno existe como individuo separado en un mundo material -o en otras palabras cuando uno deja de creer que es lo más importante del universo (y es que la mayoría realmente creemos esto y vemos al mundo a través de este filtro de ser el centro del universo)-. Lo que piden estas filosofías o religiones es la aniquilación del yo, su anulación en algo más grande. Como dice Curtis "en Su servicio, la libertad perfecta". 

Todo esto es paradójico porque la mayoría de las personas cuando emprendemos una búsqueda "espiritual" lo hacemos por motivos egoístas, para obtener más seguridad, para volvernos más poderosos y consolidar nuestra identidad -ahora como personas espirituales, maestros de esto o aquello-. Pero esta búsqueda justamente implica, si es llevada a cabo de manera auténtica, la destrucción de aquello que de entrada nos impulsó a hacer la búsqueda en cierta forma: todo logro espiritual no podrá ser "nuestro", no podrá ser algo que poseemos, de otra manera, evidentemente, no es algo espiritual, puesto que lo realmente espiritual es siempre la anulación de la importancia personal en favor o servicio de algo más grande (Dios, la verdad, la humanidad, etc.). Esto es también lo verdaderamente moral, lo bueno, lo verdadero, lo bello. Es por ello que la religión en Occidente se ha convertido en espiritualidad new age mayormente, porque la espiritualidad new age no requiere algo tan radical. Uno puede seguir siendo un individuo y disfrutar de la vida moderna. No es necesario ni renunciar a nuestra propia identidad ni renunciar al mundo; sólo nos permite adaptarnos mejor y hacernos menos vulnerables al caos natural de la existencia. La espiritualidad así, es en realidad la forma en la que nuestro ego finge su muerte para consolidar su poder en la sombra. Es el meta-producto de consumo y, de hecho, la forma más ilusa de materialismo, un materialismo espiritual. 

Twitter del autor: @alepholo

Citas de Adam Curtis: https://thecreativeindependent.com/people/adam-curtis-on-the-dangers-of-self-expression/

La intuición es la facultad cognitiva más alta del ser humano y existen métodos para cultivarla

La intuición es la función más alta de la inteligencia, según ha sido definida por Platón y el Buda. Un modo de conocimiento penetrante que permite trascender la inferencia lógica y la percepción sensorial.

En el caso de la filosofía platónica, el término que traduce como intuición es "noesis", el cual opone a "dianoia", el término usado para el pensamiento lógico matemático o discursivo. Es la intuición la que permite conocer directamente las ideas, que en la filosofía platónica son las verdades que están más allá del mundo cambiante material -el cual es una sombra o reflejo de  ideas. La noesis es una facultad del alma que la lleva a la similitud con lo divino -lo cual es la meta de la filosofía platónica.

En el budismo, según señala el maestro budista Alan Wallace, lo más cercano a nuestra palabra intuición es "jñāna" en sánscrito y "ye-she" en tibetano, estas palabras pueden traducirse como gnosis o sabiduría, pero tienen -especialmente ye (originario), she sabiduría- la connotación de una sabiduría o conciencia primordial. Jñāna en el budismo mayahana es también la décima perfección (paramita), es decir el último catalizador de la iluminación o trascendencia del sufrimiento.

Wallace señala que la intuición, como es entendida en esta tradición, es un modo de conocimiento primordial que siempre está ahí, esperando a ser descubierto como el Sol entre las nubes -y es especialmente lo que se desvela en sistemas de meditación avanzados como el mahamudra y el dzogchen. Y habría que agregar que también es lo que se alcanza en el vipasyana, la técnica de meditación que permitió al Buda alcanzar la iluminación -de la mano del samadhi. Vipasyana, significa literalmente "ver intensamente" (el prefijo vi es un énfasis y pasyana es una declinación de "ver"), pero que podemos traducir como visión interna o visión clara (en inglés usaríamos insight). Lo interesante de esto es que la práctica del vipasyana no necesariamente está asociada con lo que pensamos en Occidente superficialmente que es la intuición -una especie de conjetura emocional, presentimiento, hunch-; la práctica de vipashyana requiere de un profundo análisis y desarrollo cognitivo.

Como señala Alan Wallace, Aristóteles distinguió entre las emociones y la razón -pero no hay esta distinción en el budismo, "cada vez que se habla de la mente se debe pensar corazón-mente. Esta es la esencia también del bodhicitta o espíritu del despertar, el cual es al mismo tiempo inteligencia y compasión, "la separación de corazón y mente es artificial", dice Wallace. Esta misma unión entre el corazón y mente es reflejada en el taoísmo y en la medicina china tradicional donde se usa el mismo término para mente y corazón (xin) y se considera que, de hecho, es el corazón quien lleva la función ejecutiva de una persona. 

Esto nos hace reflexionar que la intuición no existe necesariamente en oposición a la razón, no es que desarrollar la razón sea abandonar la facultad intuitiva. Al contrario, como Platón nos diría, la intuición se alimenta y necesita de la razón. Si bien luego la intuición trasciende por mucho a la razón y se aventura a zonas donde la razón ya no comprende. Igualmente es una completa fantasía epistemológica la noción de que la razón es masculina y la intuición es femenina (evidentemente no es ni una ni la otra). Si acaso las mujeres desarrollan más la intuición, esto no tendría que ver con la cualidad femenina de la intuición, sino con procesos de sensibilización hacia mecanismos de conocimiento que no están centrados solamente en el cerebro, los cuales pueden obviamente fomentarse cuando una persona no bloquea sus emociones -culturalmente los hombres han sido educados a no mostrar, y por lo mismo no atender, sus emociones, ni tampoco atender al dolor de su cuerpo, lo cual podrá atrofiar una sensibilidad más holística o lo que podemos llamar "pensar con el corazón". Asimismo, hay que señalar que, siguiendo lo que hemos expuesto aquí en base a la tradición platónica y budista, mucho de lo que normalmente llamamos intuición no lo es, es solamente instinto, conjetura, adivinanza, superstición y proyección. La intuición es un conocimiento que podemos describir como una resonancia con el objeto mismo que conocemos o con la inteligencia universal en la cual participamos. Es un conocimiento de la realidad tal como es, no una aproximación. 

De aquí entonces que tal vez el nombre de este artículo debería de ser más bien cómo desarrollar o cómo saber qué es la intuición, ya que la intuición que es realmente intuición está más allá de toda duda: uno puede confiar en ella siempre porque es la inteligencia pura y primordial. Intuir es percibir con la luz del universo. Sin embargo, si es importante confiar en que existe esta intuición, esta inteligencia primordial, de otra manera difícilmente podremos perfilarnos en un camino hacia ella. Para responder a esto -a cómo desarrollar la intuición- podemos apoyarnos en el budismo, donde particularmente se entrena la mente para desarrollar funciones más elevadas de conocimiento -aunque estas son más un des-cubrimiento o des-velo de la propia naturaleza que se ve oscurecida por los hábitos inmemoriales de la mente. Como explica Alan Wallace, la técnica fundamental para refinar la mente que tienen las tradiciones contemplativas de India es el samadhi, la concentración y pacificación de la atención que, como han descubierto cientos miles de meditadores por milenios, al concentrar y pacificar también purifica o va eliminando las aflicciones y contaminantes (kleshas, en sánscrito) que en este caso podemos decir ocultan u oscurecen la facultad intuitiva original. La meditación, el samadhi, según la tradición budista, hace primero que nos relajemos o calmemos, esto a su vez no da estabilidad -como la estabilidad necesaria para apuntar un telescopio al cielo para observar un fenómeno estelar- lo cual se traduce en claridad o viveza. Relajación: estabilidad: claridad. La claridad, la alta resolución de la mente, nos permite no sólo ver las cosas como son sino acceder a la naturaleza misma de la conciencia -que es descrita fundamentalmente como luminosidad- y por lo tanto resonar con la conciencia primordial que es omnisciente. No sólo en el budismo, sino también en el hinduismo, todo los poderes o logros mentales (siddhis) -que en Occidente llamamos psíquicos, extrasensoriales o paranormales- son fruto de la inmovilidad de la mente, de la atención sostenida, la cual se describe como produciendo una especie de fuego o calor (tapas, en sánscrito).

Para concluir resta decir que la intuición es paradójicamente la naturaleza más básica de conciencia y a la vez el culmen del entrenamiento de la mente -aquello que hace que trascendamos la mente y la disolvamos en la conciencia pura. Así entonces la intuición es algo que se cultiva fundamentalmente a través de la meditación, pero no sólo de las llamadas técnicas del mindfulness, sino necesariamente también del cultivo de la sabiduría, del análisis y el discernimiento. Incluso de la moralidad y la virtud, como muestra el esquema de los tres pilares que constituyen el óctuple noble sendero del Buda que lleva al despertar: sin shila (disciplina, moralidad), sin actuar bien y no generar karma negativo que luego nos persiga no podremos conseguir la paz suficiente para profundizar en el samadhi; sin el samadhi no podremos conseguir la inteligencia o discernimiento (prajna) que nos permite conocer y entrar en consonancia con la realidad. Evidentemente la intuición no es algo que dependa siempre de una práctica específica o de niveles dentro de un sendero espiritual. Pueden haber flashes de intuición, pero estos son seguramente fruto del buen karma y difícilmente logran estabilizarse y convertirse en una base cognitiva si no son cultivados -y cultivar la función más alta de la mente requiere cultivar todas las otras. El mismo Buda alcanzó de manera espontánea en su adolescencia el primer jñāna, una dimensión más sutil de la realidad, seguramente en una especie de flashback de vidas previas. Pero viviendo en el palacio de placer de su padre olvido esto y luego tuvo que aprender técnicas ascéticas para reingresar a los jñānas y finalmente despertar bajo el árbol bodhi, en ese eterno instante que, queremos pensar, resuena aún hoy a través del tiempo cuando alguien medita y tiene una intuición de la verdad.

Twitter del autor: @alepholo