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'Future Library': 100 manuscritos de 100 autores serán publicados en 100 años con papel de un futuro bosque

Libros

Por: pijamasurf - 11/10/2017

El proyecto de arte ecológico y optimismo literario de Katie Paterson es una reflexión sobre el silencio y la literatura

Un bosque en Noruega está siendo plantado para en 100 años convertirse en 100 libros de 100 importantes autores que entregarán un manuscrito cada año, para dar vida a una biblioteca del futuro. Los libros serán encapsulados en una cámara hasta el 2114. Future Library es el proyecto de la artista Katie Paterson, quien envía un mensaje de optimismo al futuro: en 100 años, espera, habrá lectores y habrá un bosque y papel para imprimir libros como lo hacemos ahora. 

La primera autora en entregar un libro al silencio fue Margaret Atwood, en el 2014; el segundo fue David Mitchell y la tercera, el islandés Sjón. Atwood dijo que es como un cuento de hadas, como el de la Bella Durmiente, que se quedó dormida 100 años en un bosque.   

En el 2114, los textos despertarán a la luz pública. Evidentemente, Paterson no estará encargada de hacer la publicación -a menos de que ella misma, como estos libros, sea congelada en el tiempo o algo así. La fundación del Future Library cumplirá con ese cometido -esperando que no ocurra un cataclismo- y se construirá una biblioteca para albergar el proyecto. 

El proyecto genera gran curiosidad justamente por el silencio, por el hecho de que las obras serán para la posteridad; los autores no tendrán ninguna retroalimentación del público. Por otro lado, es una forma de garantizar esa misma posteridad que algunos autores buscan tanto.

Paterson imagina ya que los anillos de los árboles se convierten en silentes capítulos, en voces encapsuladas que despertarán en 100 años.

 

Aquí puedes ver todos los detalles del proyecto, e incluso videos del rito de enterrar los manuscritos

 

Este es el criterio indiscutible para distinguir los buenos libros de los malos libros (según Virginia Woolf)

Libros

Por: pijamasurf - 11/10/2017

Con sensibilidad y sabiduría, Woolf nos invitar a experimentar la lectura como un estímulo para nuestra vida

Establecer la diferencia entre “buenos” libros y “malos” libros será siempre polémico, en buena medida porque dichos adjetivos son tan generales que tienden a la ambigüedad y, por otro lado, porque es difícil desprender de ellos la carga moral con la que usualmente se asocian.

En efecto, al hablar de cosas buenas y cosas malas casi de inmediato pensamos que se trata de una cualidad esencial de aquello que calificamos y que, además, lo bueno parece ser por sí mismo recomendable y lo malo deleznable.

De ahí la reticencia que muchas personas experimentan frente a una clasificación de este tipo, sea porque “bueno” y “malo” son palabras pobres para condensar una opinión o porque pretenden expresar un juicio personal y, por ello, limitado e incluso cuestionable.

Aun así, no menos cierto es que con todas las críticas que pueda recibir la división elemental entre bueno y malo, ésta ya es un inicio, un punto de partida o de referencia que, como en los mapas y en la geografía, nos permite navegar por los mares usualmente confusos y revueltos de lo humano. Por ejemplo, los libros.

En un apunte fechado en 1924, Virginia Woolf se preguntó qué hace “buena” o “mala” a una novela. Su respuesta, contrario a lo que podríamos suponer, es más bien sencilla y directa, no sólo por la forma en que está enunciada sino, sobre todo, por el criterio al cual apela para hacer tan difícil distinción. Veamos:

Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por lo tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.

Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.

En pocas palabras, Woolf nos invita a experimentar la lectura también como una forma de autoconocimiento. Más allá de los criterios culturales, de los cambios que la marcha de la historia trae consigo, de la tradición o de otros elementos que pueden tomarse en cuenta, la valoración última corresponde al propio lector. 

Todo aquello que nutre nuestra vida, todo aquello que nos da más vida, es “bueno” en un sentido muy amplio, y los libros no son la excepción.

 

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